Wednesday, October 27, 2004

 

CUENTOS CORTOS


Cuentos cortos.
Por José Guillermo Anjel R.



(Escritos en los intermedios)

















1. COSA DE GALLINAS.

Oyó un cacareo intenso seguido por unos ladridos de perro. Luego fue un viento corto y una polvareda amarilla.
-Se volvió a salir Dandy-, dijo Celina mirando por la ventana y dejó sobre el poyo de la cocina la arepa que estaba armando. La mujer era gorda y alta, mucha mujer para el marido que tenía, decían.
-¡Dandy!, ¡Dandy!-, gritó Celina en la puerta y sus ojos rastrearon el patio buscando al perro. –Ahí estás, maldito-, murmuró y se frotó las manos. El perro, uno de esos criollos de pelo corto y amarillento, metió la cola entre las patas y buscó un rincón. La mujer se acercó a él y le dio una palmada en el hocico. “Eso no se hace, eso no se hace”, dijo, y Dandy bajó la cabeza y miró hacia una mata de bifloras. En el otro extremo del patio, las gallinas picoteaban el piso.
-Vamos a tener que conseguir una jaula para encerrarlo-, dijo la suegra de Celina, que apareció en el patio. Era una mujer pequeña, canosa, con el pelo recogido y unas piernas muy anchas y siempre enfundadas en medias de lana. Cuando habló de la jaula, se colocaba el delantal. Tenía un estómago grande y redondo, de muchos partos.
-¿Una jaula? Y quién dijo que el perro era un tigre-, dijo Celina. -Lo que necesita es que esas gallinas no se le pongan en el camino-.
-Pues se le pondrán a menos a usted le críe esa marrana-, contestó la suegra.
Celina odiaba las gallinas y cada vez que tenía que matar una y desplumarla, maldecía. Y las odiaba más ahora que estaba embarazada y sabía que después del parto tendría que comerse cuarenta. Muchas veces vomitó pensando que se comía las gallinas crudas. Por eso había comprado una marrana, diciendo que era mejor tener cerdos que gallinas y que además daban más plata. Pero la marrana tenía el vientre cerrado y ya había desaprovechado cuatro montadas.
-Esa marrana no sirve para nada, es como mi marido-, dijo por lo bajo Celina y la suegra alcanzó a oír algo.
-¿Qué pasa con Herminio?. La suegra puso las manos en jarras. Detrás de ella se veía un campo verde, un cielo azul, tres casas blancas y unos chorritos de humo subiendo.
-Qué es como las gallinas, señora, cacarea y corre. Mire a los demás hombres. Todos están trabajando mientras mi maridito duerme-. Celina entró en la cocina y atizó la leña del fogón. Estuvo mirando las llamas un rato y luego tomó la arepa que estaba armando. Tenía la cara roja. Afuera, la suegra arreaba las gallinas hasta el patio de atrás.

Mientras desayunaban, la suegra le dijo a Celina: “Usted sabía con quién se iba a casar, así que no se altere y aprenda a llevar la carga”.
-Es que ya no resisto. Mire la hora que es y sigue durmiendo-. Celina le dio un pedazo de arepa a Dandy. El perro la tomó en la boca y se acomodó bajo la mesa.
-Si usted no fuera tan impositiva...-. La suegra tomó un pedazo de queso y lo mordió con cuidado. –Le quedó muy bueno este queso-, dijo y sonrió. En esas sonó de nuevo el cacareo de las gallinas. –Ya se levantó Herminio-, dijo la suegra y se levantó para preparar el café.
-Si me dice que el desayuno no está bueno, grito-, dijo Celina. Sus manos grandes buscaron el pocillo con chocolate. –Y le echo a Dandy para que lo muerda-.
-Grite, mija, y échele el perro-, contestó la suegra. Celina se llevó el pocillo con chocolate a la boca, pero antes de beber comenzó a reírse. Afuera las gallinas seguían cacareando. “Le deben estar picando los pies a ese infeliz”, pensó la mujer.








2. DISCUSIÓN EN TORNO A UN GATO MECÁNICO.

El gato de Maqal, creado por el físico Musalud ibn Fasal, en 1923, siguiendo las ecuaciones de Farik Al Busaine, profesor de la escuela de Lampedusa, ha estado siempre en nuestra casa. Este gato mira igual a mi tía Josefina, mujer muy hermosa en sus primeras fotos. Mi tía Josefina heredó la mirada de su abuela, que vino de Málaga y era actriz de circo. En casa siempre negaron esto, pero de ahí vienen los ojos azules que a veces aparecen entre algunos de la familia. Este gato, del que no se espera descendencia porque es mecánico y lo único que podría producir son tuercas y tornillos, a más de algunos alambres de distinto calibre, esto si D’s lo permite, maúlla con voz de megáfono. Y los vecinos se asustan. El físico Musalud ibn Fasal, lo creó para esto, era un canalla, cosa muy difícil de creer en un hombre que hablaba tan bien y se perfumaba con aromas libanesas. Mi madre dice que muchos diamantes cortan y que la herida es peor que la de una gata parida.

El gato funciona de una manera muy peculiar. Primero hay que mojarlo con agua tibia y de inmediato con agua helada. Por contradicción climática, el ingenio se pone en movimiento. Y produce un ruido delicado, pero como de piedras que se mueven sobre un cazo de cobre. Claro que las mujeres aseguran que el sonido es el de una cubertería que se mueve cuando la lavan con jabón de tocador. Otros dicen que suena como unos bronquios enfermos, como la respiración de un apestado, cosa que lleva a echarse bendiciones y a tocar madera porque nadie está libre de la peste. Con relación al sonido no nos hemos puesto de acuerdo, cosa que nos permite hablar durante noches enteras, sobre todo en verano cuando el aire es pesado y los olores muy fuertes.

Como decía, el gato de Musalud ibn Fasal, mira como mi tía Josefina y esto a puesto en guardia a la familia, porque si la tía mira como una máquina, entonces ella no es de este mundo ni es hija de mi abuela sino que quizás haya sido hecha en un taller y váyase a saber bajo que palabras pecaminosas. A Josefina estas cosas le dan risa, sobre todo cuando los demás entrecerramos los ojos para verla cómo mira. Y si, mira igual al gato, pero no sabemos por qué. De ese gato, ella ha hecho una ilustración: tiene el cuello alargado, las orejas un poco torcidas, la cola delgada que termina en una especie de zanahoria y un cuerpo que más parece de perro. Las dos patas traseras y un interruptor encima de ellas dan la idea de que es mecánico. Los ojos del gato son muy femeninos. Detrás de la cabeza levantada y derecha del gato, se ve un cuadro con una letra A en el centro y una naranja con hojas verticales que se adentran en un marco barroco, muy parecido al espaldar de la silla donde se sienta la abuela. La silla la construyó un judío de Tetuán que cojeaba de la pierna derecha. Decían que se debía a la mordedura de un perro.

Sobre ese gato hemos discutido mucho y en las discusiones hemos llegado a la herejía. La única que sonríe y no le importa lo que se discute, es la tía Josefina. Unos dicen que ella tiene el diablo en el cuerpo. Otros, que ella es el mismo diablo.












3. ISAKAR.


Nuestro río era un pobre río, más piedras que agua. Y nadie había pescado allí un solo pez. Pero tenía un nombre importante Al-wadi. Y a ese río íbamos a lavarnos las manos y los pies y, de viernes en viernes, entrábamos en las aguas escasas y jugábamos a los piratas o a los invasores, reviviendo de nuevo lo que habíamos visto en el cine o leído en alguna revista. Lo hacíamos los viernes porque ningún hombre mayor pasaba por allí. Todos estaban en el patio de la mezquita o en el café de Talub o escuchando las revelaciones de Ibn Sina, el derviche. Así que los viernes teníamos el río para nosotros. Era un regalo de los ángeles.

En ese río que no era río, conocimos a Isakar, el hijo de la panadera. Era un muchacho de ojos brillantes y negros, de pequeña estatura y con mucho pelo y, decíamos nosotros burlándonos, con un ejército de piojos. A Isakar, al principio, lo hicimos a un lado. No nos gustó cómo miraba. Incluso le tiramos piedras y chilló como un gato, reculando. Pero eso fue la primera vez, porque después no se movió de su sitio, donde permanecía sentado en cuclillas, y nos veía entrar en el agua y jugar. Sonreía Isakar mirándonos. Y en esa sonrisa sus labios eran de mujer.

Al cabo de algunos viernes, Isakar se hizo parte del grupo. Y nos contó que el río que veíamos no era un río pequeño sino un río enorme por donde navegaban grandes barcos y saltaban peces del tamaño de un caballo. Esos peces se llamaban Latus y tenían el poder de hundirse en la tierra y convertirse en rubíes del tamaño de un huevo de gallina. También nos dijo que por las aguas del río venían princesas rubias, iguales a las de los carteles de las películas.
-No veo nada-, dijo Ahmed, el de la nariz rota.
-¡Nos mientes!-, soltó Sabú, que tenía un lunar en el cuello.
-Deben cerrar los ojos-, dijo Isakar. Entonces cerramos los ojos y vimos los barcos grandes y los peces llamados Latus, y a las princesas rubias. Esto pasó el día del sacrificio del cordero. Al viernes siguiente regresamos y volvimos a ver lo que Isakar nos decía, sentado en cuclillas como un lector de piedras. Sentíamos el agua en los tobillos y, con los ojos bien cerrados, veíamos a las princesas que se bañaban entre nosotros y a los barcos que enarbolaban banderas de colores y a los peces Latus volando como pájaros. Pero un día no hubo más palabras y todo desapareció.

Nuestro río era un pobre río, pero tuvo un poeta llamado Isakar que lo amplió con sus palabras cantadas. Con el tiempo, de Isakar supe que se dedicó al contrabando de sedas y hachís y que perdió la lengua porque se la quemaron en una ordalía. Y fue terrible, porque nuestro pobre río se volvió más flaco y pedregoso y dejamos de llamarlo Al-wadí para nombrarlo el orín del diablo. Este nombre se nos ocurrió cuando cerrábamos los ojos y no veíamos nada. Por unos años, los viernes fuimos los ciegos del río. Después, yo me volví cliente del café de Talub, Ahmed un recitador del Al-Kurán y Sabú un maestro que enseña las letras.













4. LA CASA DEL RADIO.

En casa, cuando teníamos hambre, mi madre encendía la radio y nos ponía a bailar. Y así nos cansábamos y acabábamos dormidos. Mi madre, Alicia La sapa, le decían así porque era chica y gorda, entonces, se daba un tiempo para conseguir comida y levantarnos, de a uno en uno, a comer algo. Toda nuestra riqueza era la radio y la plancha con la que mi madre trabajaba. Y lo primero que Alicia La sapa pagaba eran los servicios. Que nunca faltara agua ni energía en casa, el resto ya lo podría dar Dios, como siempre pasaba, a veces en buena cantidad y con pan incluido, en otras fideos cocidos con un poco de tomate. Pero, a pesar de la cocina vacía y de lo que se decía de mi madre, cosas que ella peleaba con los vecinos y con quien la mirara mal, éramos dignos y en casa siempre había un libro distinto cada semana, que mi madre sacaba de la biblioteca pública para leernos a sus cuatro hijos, un hombre y tres mujeres. Los vecinos decían que mi madre era comunista, que por eso prefería que la oyéramos leer en lugar de trabajar más para que hubiera comida, pero la verdad es que nos leía libros de aventuras. Hay que imaginar, decía, así no importa lo que nos toque, siempre será algo grande.

Diría entonces que nos criamos oyendo la radio y bailando. Y siempre con hambre, como los perros. Pero sin rabia, porque cuando el hambre llegaba de inmediato mis hermanas recordaban las escenas de los libros donde los personajes estaban perdidos en la selva o el desierto, con la garganta seca y nada que comer. Entonces éramos aventureros que admitían el estómago vacío mientras veían a la madre planchar camisas y pantalones, colchas y sábanas. Y cuando ya el hambre era evidente y no bastaban las palabras o salían otras pidiendo comida, mi madre encendía la radio, buscaba una emisora de música y, cuando le gustaba la canción, decía: “¡Bailen, bailen, a ver si Dios se da cuenta de que estamos aquí!”.

Así como a mamá le pusieron un apodo, a nuestra casa también: la llamaron la casa del radio, porque de ella salía mucha música sobre todo a las horas de comida. “Si no gastaran tanto en energía tendrían qué comer”, dijo una vecina. Y no fue bueno que esa mujer dijera lo que dijo, porque mi madre le dio una cachetada. “¡Aquí nos gastamos la plata como queramos, para eso me tienen a mí!”, acabó diciendo y la vimos engrandecida. Luego la vimos llorando y mirándose las manos.

Los días del hambre no fueron buenos, pero aprendimos a bailar y a leer. Y a saber que si mi madre nos despertaba era porque ya había algo en los platos. De esos días recuerdo el aparato de radio, que era rojo y del tamaño de una caja de zapatos; los pasos que aprendimos a dar y la alegría que salía de los gestos de mi madre, que era también nuestra maestra de baile. Y, no sé, que Dios se fijaba en uno cuando estábamos bailando. Esto quizás sea pecado, pero qué más le puedo decir.















5. LA ESCRITURA QUE NO SE VE.

Buma Sarovits, judío de Kiev, tuvo por encargo escribir la historia familiar. Tenía una caligrafía muy linda y fina, aprendida en la judería de Sarajevo, donde la mano danza en lugar de escribir. Daba gusto leer esa caligrafía, era como ver un palacio o seguir las líneas del viento. Las letras de Buma Sarovits tenían su propio brillo y así no se confundían con las luces de la noche, que llevan a ver lo que no existe o lo que nos atormenta y es pecado. Buma Sarovits, que hacía parte de una familia de Hasidim y por parte de la madre descendía del Gaón de Vilna, tenía, además de la escritura, una gran memoria sobre lo que los demás no habían visto, como las hayyot de las que habla el Rambam y los ofanim que llegan girando por el aire dejando apenas pequeñas luces, más mínimas que las chispas de los fósforos polacos. Esas luces son la fe de los sabios y la locura de los débiles.

Buma Sarovtis, judío de Kiev, de la judería cerca del río y de los talleres donde se trabajaba la madera, tuvo por encargo escribir la historia de la familia. Y la comenzó el 4 del mes de iyar de 5.483, cuando la primavera apenas quebraba los fríos del invierno. Y hubo mucho frío y hambre en el mes en que Buma empezó a escribir, eso dicen las crónicas. Pero el hombre no se amilanó y en lugar de quejarse o pedir una fecha distinta para comenzar a escribir, se echó aceite en las manos y los dedos y comenzó la escritura, apoyando las hojas de papel encima de una tabla ornamentada que le habían traído de la tierra de Israel. Una tabla brillante y de poco peso, con imágenes de flores de Safed. Primero escribió sobre la casa, inventariando cada espacio libre y cubierto, el espesor de las paredes y el alto de los techos. En esa descripción se gastó una buena cantidad de páginas y de tinta y tuvo que afilar el cálamo en varias ocasiones. Luego fue la historia de los objetos y los paisajes, de las sensaciones y los sueños. Al final escribió sobre los nombres y las palabras. La palabra que más le gustó fue cielo, porque tenía muchas cosas escondidas en cada letra y movimiento.

Buma Sarovits tenía una escritura muy linda, aprendida con los rabinos de Sarajevo, pero al cabo de unos días se volvía invisible. Eso también lo había aprendido en Sarajevo, al principio creyendo poco, a fin de cuentas nunca había estado entre sefarditas, que saben cosas que nadie más sabe. Pero al final del aprendizaje, escribir y ver desaparecer las letras se le hizo tan familiar como levantarse con el pie derecho. O como mirar por la ventana para ver a las mujeres que hacían el pan. Así que aprendió a escribir de manera maravillosa, con el trazo de las tórtolas cuando vuelan. Y sus escritos, invisibles al cabo de un tiempo, había que leerlos con los ojos cerrados y mucha fe. Los que creían, leían una historia familiar delicadamente bordada, donde cada objeto y persona tenía su lugar y su bendición. Los que no creían porque necesitaban ver, caían en la desesperanza. Y esto es peor que ser mordido por un perro enfermo.















6. LA MUCHACHA DE LA NEVERA.

Como hacía tanto calor, fue hasta la cocina, abrió la nevera, se puso delante de ella y por unos momentos sintió la frescura que salía del interior del aparato. Y si bien su madre le había dicho que esto era peligroso porque le podría dar una enfermedad en los bronquios o le podría torcer la cara, la muchacha hacía poco caso. Y no porque quisiera desobedecer o quedar con la cara torcida sino porque lo venía haciendo hacía ya mucho tiempo y todavía no le había sucedido nada. O sea que ya tenía experiencia en la manera de abrir, colocarse y sentir el aire frío. Quizás los músculos y la sangre ya estuvieran enseñados a este cambio drástico de temperatura o tal vez desde siempre había tenido en ella una especie de compuesto térmico amoldable a cualquier tipo de clima. Claro que la muchacha se hacía pocas preguntas sobre esto y sólo iba a la cocina, abría la nevera y se colocaba delante de las jarras, las frutas, el queso y lo que hubiera adentro. Y ese día de tanto calor, tampoco pasó que le doliera el pecho o sintiera que algo le tirara delos músculos de la cara. Así que estuvo un buen rato al frente de la nevera, con los ojos cerrados y las manos abiertas, como dispuestas a coger algo. Cuando ya tuvo frío, cerró la nevera y fue a sentarse a un lado de la ventana que daba a un pequeño patio donde se colgaban ropas y trataban de crecer algunas plantas. De allí recibió un impacto de sol fuerte, como proveniente de un cristal caliente. Pensó en un rayo láser. Y en que vendrían días en que todo los que había visto hasta ahora, casas, árboles, carros, gente, avenidas etcétera serían de otra manera y entonces el mundo de ella, el que tenía y manejaba en ese momento, sería distinto y desconocido y lo que ella contara a otros del mundo en que había vivido sería como una fábula o una historia incompleta porque tendría que mostrar evidencias y mucha de ellas estaría destruidas o ya no dirían nada porque no interesaban a nadie, como las estampillas que ella guardaba en una pequeña caja, que servían ya de poco porque habían sido reemplazadas por sellos o pequeños certificados adheridos al sobre. Y quizás si contara que cuando hacía calor abría la nevera para refrescarse, le preguntaría qué es una nevera, qué es el hielo, porque se producía un ruido al abrir la puerta.

La madre la encontró sonriendo. La muchacha tenía un brazo apoyado en el alféizar de la ventana y la cabeza encima del brazo. Al otro lado de la ventana, los colores de la ropa que colgaba se habían vuelto menos fuertes; los tejidos estaban secos y calientes.
-Deberías ir a un cine-, dijo la madre. Era una mujer alta y flaca, de estómago crecido.
-Estoy bien aquí-, murmuró la muchacha sin parar de sonreír.
-¿De qué te ríes?-, preguntó la madre sirviéndose un café.
-De que llegará un día en que no nos creerán nada de lo que digamos-. La muchacha bajó el brazo y se pasó una mano por el pelo. Era un cabello corto y castaño, cortado a la altura de las orejas. Le daba un aspecto de muchacho.
-Creo que debes irte a un cine o salir con una amiga. Te estás volviendo loca-, dijo la madre.
-No, estoy bien aquí-, dijo la muchacha y miró a la madre que se sentaba al lado de ella. -Cuéntame una historia, una de cuando yo no había nacido-.

La madre comenzó a hablar y la muchacha la miró sonriendo, sin acertar si la historia que oía era cierta o una invención o quizás algún juego de la memoria donde se mezclaban fotos de álbumes distintos con palabras que eran y que no eran. Palabras que quizás, en las neveras que inventaran, se podrían conservar así como el pescado, la margarina y la leche. Y que justificarían que ella, en los días de calor, abriera la nevera y se queda un rato sintiendo el vaho fresco.








7. EL HOMBRE QUE MIRA.

Todos los días voy al puerto a mirar la entrada y la salida de los barcos. Y si no hay movimiento, miro las grúas, las grandes bodegas, el cielo y las aves que se posan en los techos o picotean algo en las callejas. Y si bien me dicen que pierdo el tiempo porque el puerto no cambia ni yo tengo ningún negocio allí, que los aguaceros y el sol son iguales, que incluso las caras son las mismas, incluyendo las de los pasajeros siempre agitados y buscando quién les lleve las maletas, me gusta ir al puerto para mirarlo, sentir los olores y los ruidos y notar cómo le cambian los colores, porque no es lo mismo un puerto en la mañana que en la tarde o en la noche. O cuando se mira con amor o con ira o con tristeza. Los ojos dependen del corazón, esto lo tengo claro.

Mi recorrido por el puerto no dura más de una hora y lo hago en cualquier momento del día, a veces luego de salir de la oficina o antes de iniciar un trabajo o cuando he almorzado y los demás hacen la siesta. He llegado a venir en la madrugada o avanzada la noche, envuelto en un abrigo militar y pesado que fue de un tío que estuvo en la guerra. No sé si mató a alguien mientras tenía puesto el abrigo o si le pusieron alguna condecoración encima o si realmente lo usó. Habló poco mi tío de sus días en la milicia y hubo años que nunca salieron de su boca porque se le borraron o los escondió muy bien en los libros de cuentas de su almacén de telas. Callar fue un oficio que ejerció muy bien y que se le respetó. O quizás no, porque hubo preguntas que le hicieron brillar los ojos.

Mirando el puerto me he preguntado qué habría en ese lugar si no estuvieran allí las grúas, los muelles, los barcos remolcadores, las bodegas, los bares y la oficina de aduanas. Porque por mucho tiempo no hubo nada más que mar y costa y es posible que alguien pensara en construir allí otra cosa, quizás un castillo o una casa inmensa que pudiera ser vista desde los barcos o una muralla para dar la sensación de que nos podíamos defender. Un lugar vacío agita la imaginación o la vence. Pero a mi no me tocó un sitio desnudo sino un puerto donde logro entender las tormentas y los cielos oscuros de invierno, el azul del mar en verano y la razón de que se hablen muchas lenguas allí, así las caras cambien poco o sean las mismas, como dicen mi mujer, mis hijos y mis vecinos. Y algunos que murmuran en la oficina.

Como mi tío, soy hombre de pocas palabras y mucho callar. Es posible que todo se deba a mi oficio de clasificar documentos. En esos papeles siempre hay fechas, nombres, obligaciones, derechos, pero nada de cómo son los que firman o están nombrados. Allí, con sólo unas palabras técnicas, todo está nombrado y correctamente definido. Es lo legal. Y esta legalidad me cansa, me envejece. Entonces me voy al puerto y me convierto en un ilegal, en alguien que mira y fantasea la ilegalidad. Y esto es lo que no entienden en casa, en la oficina y en el vecindario. Y que no quiero que entiendan, ya se sabe, si se rompe el silencio aparecen muchos crímenes.



















8. DOS LIBROS.


La mujer llamada Zamira se acercó a la ventana y miró la lluvia que caía. Y el color gris que cubría la ciudad vista desde esa ventana, le llenó los ojos y el corazón. Y así fue como murió, mirando la lluvia y el gris, con dos gatos a sus pies y las manos aferradas a un espejo. Porque la mujer llamada Zamira, antes de asomarse a la ventana, se había estado mirando en el espejo para descubrir en qué iban sus arrugas, la caída de la piel y el color de los dientes, como dijo la mujer del servicio cuando llegó el médico a certificar esa muerte y a pedir que se llevaran los gatos al patio de atrás para que no fueran a morderle los pies a la finada. Y mientras las vecinas organizaban la cama para poner encima el cadáver y acordaban cuáles eran las oraciones correctas para la ocasión, el médico fue a revisar de nuevo la biblioteca de Zamira, donde había dos libros que le interesaban y que la mujer muerta siempre le negó: “No se los puede llevar, quizás cuando yo muera...”, había dicho Zamira. Y ahora, oyendo la preparación del velatorio, el médico volvía a tenerlos en la mano y los hojeaba, pero no fue capaz de llevárselos porque la mujer del servicio lo miraba con atención y con los mismos ojos entrecerrados que la mujer muerta había puesto cuando él preguntó si se los podía prestar y recibió como respuesta una negación con la voz y la cabeza.

El médico conocía a Zamira desde hacía veinte años y, comentaban las vecinas, la había cortejado sin llegar a nada importante, sólo miradas, sonrisas y algún coqueteo simple. Pero en ese juego elemental, la mujer había criado la espera y el momento en que él dijera algo más y no sólo se remitiera a recetar o a ponerle un termómetro en la boca. Por eso, cuando lo llamaba para que lo atendiera, se hacía traer a la habitación el pequeño mueble de la biblioteca y ordenaba que perfumaran los muebles, abrillantaran el piso y abrieran las ventanas. Y pedía a sus padres que se vistieran como para una fiesta y permanecieran detrás de ella como para una foto. Pero el médico no dijo nada de amores ni de que necesitaba una mujer y con el tiempo y las visitas los padres murieron esperando a que él les pidiera la mano de su hija, lo que debió ser pecado porque el padre rabiaba en esta espera y a la madre le dolían las várices. Zamira, entonces, se vengó de él no prestándole los libros.

Después del entierro de Zamira, la mujer del servicio cerró la casa a vecinos y conocidos y esperó a que el albacea, un abogado flaco y pecoso, citara a los herederos de lo que había allí guardado, que eran bastantes cosas, incluidos unos certificados de banco. Y el albacea llegó un martes cargando un maletín negro, de donde sacó el testamento de la mujer muerta. La repartición fue simple: todo le tocó a la mujer del servicio, menos la biblioteca, que fue para el médico. Pero de esa biblioteca, los dos libros que él siempre había querido tener, fueron también para la mujer que había atendido a Zamira.

Con los días, la heredera llamó al médico para que le atendiera un dolor en el pecho. Y para negarle los dos libros cuando él los tomó en la mano y le pidió que se los prestara. “Quizás cuando muera”, dijo la mujer, que era gorda, no muy vieja y un poco india. Lo dijo escondiendo la boca detrás de unos dedos chicos y de uñas cuadradas. No era claro lo que sucedía ahí.


















9. UNA PRIMERA VERSIÓN.

Los violinistas de las tundras finlandesas van precedidos por la letra álef (la que nombra a D’s y lo define), y por una naranja que flota y les indica la dirección contraria. Cuando uno de estos violinistas es visto por algún viajero, el sol se vuelve negro y el viento sopla con ira. Y hay que encorvarse para resistir a los demonios que se apoderan del aire. En el tomo V del Tratado de los Vientos, escrito por el fraile Teodomiro de Atenas, se hace mención a estos violinistas. Pero apenas en una línea y en caracteres babilonios.

La letra álef es la del silencio, allí donde está todo lo que no se dice porque no hay palabras para ello. Y es la que precede todo lo que hay y lo por venir. Por esto los violinistas de las tundras finlandesas, que han perdido el temor al azar porque realmente no hay azar sino incertidumbre, o sea falta de certeza, siguen la letra y la adornan con música. Es que quizás así se hizo el mundo. Claro que los violinistas también son tentados por una naranja que flota indicando una dirección que no es, o sea por una tentación madura o verde, cosa que Teodomiro de Atenas no aclara. El fraile, como muchos otros de su tiempo, daba por entendido que una sola palabra expresaba la totalidad del ente nombrado. De esa manera ahorraban tinta y papel. Y discusiones sin dirección.

Esta primera versión sobre los violinistas de las tundras finlandesas habla de viajeros o sea de hombres (posiblemente con sus familias) que podrían encontrarse, para su mala suerte, con uno de estos violinistas. Pudieron ser lapones con sus caravanas de renos, o mongoles perdidos o judíos que huían de Rusia o hasta caravaneros de Damasco. Se sabe que los caminos del mundo son muchos y perderse es fácil. Pero el problema no era perderse sino asistir (¿al nacimiento o caída? El texto no es claro) a un sol negro, es decir, sin luz y seguramente frío, lo que propiciaba la tormenta. En este caso terrible porque contenía demonios adentro, de esos que muerden y roban y a la par confunden.

En el tomo V del tratado de los Vientos, donde Teodomiro de Atenas traza las líneas de los movimientos posibles y de los ruidos que éstos cargan, es donde aparece la nota en caracteres babilonios. Allí se lee, según los traductores, que los violinistas de las tundras finlandesas tiene la cara azul, una naranja les flota al lado y siguen la letra álef en medio de muchos vientos contrarios. Y no hay más referencia, a excepción de la sigla ADM, escrita al revés y con la letra A partida. Para unos estudiosos, la sigla puede ser la cita que hace Teodomiro del texto de dónde saca la referencia, para otros sólo una pequeña lucha con algún demonio proveniente de la isla de Rodas, de esos que entran en los textos para dañar las ideas.

Sea como sea, los violinistas de las tundras finlandesas siguen atravesando el país de Laponia. Y van detrás de la letra álef, la que es silenciosa. Y a medida que avanzan, el mundo se crea para que otros lo entiendan. Esa tarea no es fácil.




















10. DOS EN EL PAISAJE.

El paisaje era amarillo y estaba cruzado por chivos y aire caliente. A lo lejos se veía un fulgor que, mirando con los ojos entrecerrados, podría ser el mar o la salina. El horizonte temblaba y se borraba en medio de ese calor intenso. Y entre los chivos, casi imperceptibles, iban dos hombres. Uno de ellos llevaba un sombrero amplio y blancuzco. El otro, más alto y flaco, mostraba una la cabeza rapada. Los dos eran indios.

-No creo que podamos llegar-, dijo el del sombrero. Sobre los labios amplios se le notaba un bigote incipiente.
-Llegaremos-, respondió el flaco. Tenía los ojos achiquitados y verdes. Decían que su padre había sido gringo.
-Pero es que pronto vendrán por los chivos y nos van a descubrir-. El hombre del sombrero se pasó la mano de dedos cortos y anchos por el pecho. La mano se humedeció con el sudor.
-Llegaremos-, volvió a decir el flaco y giró la cabeza para ver si alguien venía. Vio la arena, las rocas, la brillantez al final que más parecía una explosión de cristales. El aire caliente le impedía respirar bien.
-Yo me quedo aquí, es mejor que me cojan a seguir por este desierto-. Se quitó el sombrero. En la frente se veía una señal profunda, quizás un machetazo.
-Llegaremos, ¡maldita sea!-, dijo el indio mestizo y le dio una palmada al chivo que tenía más cercano. El animal baló. Estaba flaco y lucía unos enormes ojos tristes.

Por el paso del sol en el cielo, podrían ser las dos de la tarde. Pero los dos hombres no llevaban un conteo por horas sino por pasos. Y si bien el sol les indicaba que todavía no caía la tarde, se habían puesto nerviosos porque el rebaño de chivos se había quedado quieto. Y si dejaba de moverse, entonces ellos no podrían avanzar más y los pastores iban a descubrirlos. La recogida de los chivos se daba cuando el sol estaba casi a ras con el horizonte.

-No debiste engañar a esa muchacha, estaba muy niña-, dijo el indio del sombrero.
-Pero te gustó que yo la engañara, tú también sacaste provecho-. Los labios del indio alto se movían apenas.
-Tú me emborrachaste-, anotó el indio chico y se miró los pies. Estaban hinchados y con los dedos abiertos.
-Tú te quisiste emborrachar-, se rió el de los ojos verdes y palmeó de nuevo otro chivo. El animal apenas si se movió.
-Los chivos no se van a mover y nos van a encontrar-. El hombre del sombrero seguía sudando.
-Entonces marchémonos hacia el mar-, dijo el indio flaco y salió del rebaño. Comenzó a caminar hacia el resplandor. El hombre del sombrero lo miró por un rato hasta que le ardieron los ojos a causa del brillo y el sudor. Entonces no lo vio más.

El indio chico se abrió paso entre el rebaño de chivos y tomó en dirección contraria a la del indio flaco. Iba rezando y pidiéndole a D’s que lo convirtiera en chivo o en culebra. Y a cada oración se miraba los pies y las manos esperando a que le salieran pelo o escamas.
















11. LAS TRES LUCES.

El niño de pelo abundante y ensortijado dijo: “esos son los tres reyes magos, vamos a seguirlos”. Se llamaba Nelson y tenía un dedo aplastado.
-Yo no veo nada que se parezca a los reyes-, protestó otro niño. Le faltaban dos dientes y tenía los labios gruesos. Le decían Ringo porque esa fue la primera palabra que leyó en la calle: el aviso de un almacén de comida para perros.
-Son las tres luces grandes y redondas que hay encima de esos árboles-. Nelson estiró el dedo aplastado y le dolió.
-Parecen lámparas-, dijo Ringo. Caminaba como bailando.
-Corramos para que no se escapen-. Nelson aceleró los pasos y dio un salto largo. Tenía unos pies largos y flacos, de corredor de pista.
-Yo no puedo correr, me duelen los dedos-. A Ringo los zapatos le quedaban estrechos. Se lo había dicho a la maestra pero ella no le hizo caso. Le dijo: “Póntelos, has tenido más suerte que otros. Tu mamá les puede recortar las puntas”.
-Si no corres no te van a dar regalos-. Nelson dio otro salto.
-Pareces una rana-. Caminaba en los tacones de los zapatos, así los dedos le dolían menos.
-Los veo mejor. Son los reyes magos y tienen trajes de colores-. Nelson se detuvo a esperar a Ringo. El dedo aplastado se le ampliaba y contraía como un corazón en miniatura.
-Mi mamá dijo que volviera temprano-. La voz de Ringo sonaba como un pito. Tenía casi siete años y seguía siendo chico para su edad. Lo más grande en él eran los ojos.
-Tú tienes la culpa de que me duela el dedo. Debiste haber avisado cuando iban a cerrar esa ventana-. Los dientes de Nelson eran grandes y blancos como un papel de seda.
-Para qué metes las manos en las ventanas de las casas ajenas-, dijo Ringo. Y sacó la lengua por entre los dos dientes que se le habían caído. La boca aún le sabía a leche en polvo.
-Ayúdame a saltar la valla-, dijo Nelson y se chupó el dedo aplastado. –Al otro lado están los reyes magos, detrás de los árboles-.
-Esos no son los reyes magos, parecen lámparas-, contestó Ringo y se agarró a la valla para que Nelson subiera por su espalda y la saltara.
-No te muevas mucho que me caigo-, dijo Nelson y comenzó a trepar. Por entre los árboles se veían luces amarillas, verdes, rojas y azules.
-¿Qué ves?-, preguntó Ringo. Sentía los dedos de los pies entumecidos.
-Nada-. Nelson saltó al piso y quedó del otro lado de la valla. –Espérame ya regreso-.
-Dile a los tres reyes magos que yo estoy aquí-, soltó Ringo y miró al cielo. Vio un espacio entre azul y negro.
-Les diré que tú dijiste que eran lámparas-, se rió Nelson.
-Es que son lámparas-, dijo Ringo y se quitó un zapato.
-¿Y si son qué? Los reyes magos aparecen como quieren-, dijo Nelson alejándose. Luego se oyeron pitidos y se encendieron linternas. Los guardas del centro comercial habían atrapado a Nelson. Ringo se quitó el otro zapato y se tiró sobre la grama. Estaba feliz de tener los pies libres al fin.
















12. PAISAJE QUE SE PIERDE.

Ese día hizo frío. A lo lejos se veían dos árboles, una vaca roja y una mujer que cargaba un cesto y caminaba contra la línea del horizonte. Más allá se notaban unas nubes cargadas. “¡Maldita sea!”, soltó Samudio y cerró la ventana. Dentro de la habitación, además de la cama y una pequeña biblioteca, había dos sillas y una lámpara que permanecía encendida desde por la tarde. En una de las sillas, la mujer de Samudio tejía un saco. La habitación era chica y daba contra un patio donde florecían tres naranjos que daban sombra al huerto que cultivaba el hombre.
-¿Qué viste afuera?-, preguntó la mujer.
-Que va a llover-, dijo el hombre.
-¿Por eso cerraste la ventana?-. La mujer levantó los ojos y detuvo el tejido.
-No, la cerré porque no me gustó el paisaje-. La cara del hombre era afilada y parecía un huevo.
-¿Y qué no te gustó?-, la mujer volvió al tejido.
-Que Rosa se fue, como dijo-. En los ojos del hombre se notaba algo como un pez que quería salir.
-Volverá-. La mujer se puso de pie, colocó el tejido sobre la cama y caminó hasta la ventana. Abrió el postigo. –Volverá, ahí sigue la vaca-.
-Pero lloverá y los caminos quedarán cerrados-. La piel del hombre era amarilla y parecía a punta de quebrarse.
-Los caminos se abrirán de nuevo cuando haga sol-. La mujer volvió a la silla pero no tomó el tejido. Sacó una camándula del bolsillo y se echó la bendición.
-No vale la pena rezar por ella-, dijo el hombre.
-No voy a rezar por nadie. Voy a rezar para que llueva ligero-. La mujer tenía la nariz y los labios finos.
-Me das risa mujer-. El hombre se sentó en la otra silla y comenzó a mecerse. Se notaba que los pantalones le quedaban anchos y no habían sido planchados en mucho tiempo.
-Siempre te doy risa. Hasta cuando te dije que morirías antes que yo-.
-Eso no sucederá-. El hombre cerró los ojos y entre abrió la boca.
-Si, tendrá que pasar, Samudio. Así ella regresará después de que pare de llover-.
-Tendrás que matarme-. Samudio abrió un ojo y se restregó el otro.
-No es necesario. Mientras ella se acerque tú te irás muriendo-.
-Pero ella no volverá-. Samudio tenía los ojos muy abiertos y miraba a la mujer.
-Si volverá. Estoy rezando para que pare de llover-.
-Me das risa, mujer-.
-Y tú me das risa ahora-. La mujer empezó a desgranar el rosario. –Y me das risa porque estás en el infierno-.


























13. LA DESPEDIDA.

El hombre se estuvo mirando un largo rato en los ojos de la mujer, en silencio y sin tomarla de la mano, como ella hubiera querido. Cuando oyó que la máquina accionó los motores y que algunos pasajeros pasaron rápido por su lado o se despidieron prometiendo regresos o envíos, el hombre le dio un beso en la frente y subió al vagón del tren. Llevaba puesto un abrigo pesado y una maleta pequeña en la mano. A la mujer le pareció que el hombre tenía una espalda muy ancha y unas piernas muy delgadas, que parecía más un tablero. Sonrió: el amor era un sentimiento extraño en ese momento. Y cuando el tren se puso en movimiento, ella esperó a que el hombre se asomara y se despidiera con la mano. Pero esto no pasó. Sólo vio partir ese gusano enorme de hierro y acero, que al cabo desapareció por el túnel negro iluminado por lámparas amarillas. El ruido del tren le fastidió a la mujer, que permaneció en el andén hasta que ya no tuvo noción visible del hombre. A su lado, una mujer vieja recogía basura con una pequeña pala. Soplaba un viento fresco y pronto caería la noche según los punteros del reloj.

El hombre que se había marchado sólo estuvo un día con la mujer. Y en ese día los dos no fueron capaces de construir algo en común. Hubo cosas que no se dijeron. El, por ejemplo, no le dijo que estaba casado hasta el momento en que, en la estación, se miró en los ojos de ella y no dijo más. Por eso no le había tomado la mano. Ella no le contó que se casaría en tres semanas y que sólo bastaba que le dijera que la amaba para cancelar la boda. Pero el hombre no le dijo te amo ni le insinuó que la pudiera querer. O sea que ese día en que estuvieron juntos no hubo nada especial entre ellos. O quizás si: la mujer le sirvió el té en un pocillo chino que nadie había usado antes. Y el le dijo que seguía siendo muy bella, lo que hizo sonrojar a la mujer. También fueron a comer a un restaurante árabe y se rieron como niños probando esa comida que era extraña para ellos. Y si bien recordaron momentos vividos y hasta actuaron algunos de ellos, durante ese día no hubo nada nuevo salvo que los dos se habían encontrado de nuevo y estaban más viejos. Fue día de hacer un inventario, pensó la mujer cuando ya el tren se había ido.

La mujer hubiera querido que él la hubiera tomado de la mano, no importaba que estuviera casado. También le habría gustado que en lugar de llamarla por teléfono para decirle que venía le hubiera enviado una postal. Todavía estaba soltera y podía recibir cartas de otros hombres. Pero nada de esto había sucedido, así que lo único que le quedaba del hombre era la visión del abrigo, la pequeña maleta, la espalda ancha y las piernas como clavos. Y un olor a lavanda inglesa. Si al menos hubiera abierto la maleta, pero el hombre no lo hizo. De hecho, no hubo nada importante para una despedida. Así que la mujer comenzó a caminar por el andén con las manos entre los bolsillos de su chaqueta. Luego subió las escaleras y, al llegar a la superficie, estuvo detenida en la puerta principal de la estación hasta que se iluminaron los avisos de la calle. Delante de sus ojos pasaba gente que entraba y salía, que iba a la derecha y a la izquierda. Finalmente, la mujer tomó calle arriba dando grandes pasos. El hombre se había ido y ella también se estaba yendo.



















14. MIRANDO BAJO EL CIELO.

En lo alto de la montaña menor, al lado de un arbusto, descansa un hombre sentado en un pequeño banco rojo. Tiene el sombrero sobre las piernas y los cordones de los zapatos sueltos. A primera vista es un hombre desconocido que descansa sintiendo el sol y la brisa que le da en la cara. Pero no es así porque todos sabemos quién es y cuántos hijos tiene, dónde vive y cómo se llama su mujer. Sin embargo, nadie menciona su nombre. Hemos quedado en que no lo vamos a situar en ningún lugar ni a nombrarlo. De esa manera, aunque lo vemos y contamos el tiempo en que permanece mirando, no existe. De esto hace ya mucho tiempo.

Tres años atrás, los perros de la parroquia desaparecieron y ninguno dio cuenta de esto. Se perdieron los grandes y los chicos, los de ladrido fuerte y los chillones. Y quedamos sin perros, sólo con dos gatos y un mico tití que se mantenía en el solar de las señoritas Bermúdez, mujeres gordas y lectoras de libros sobre ángeles y cosas del más allá. Ellas dijeron que el espíritu del hombre del banco rojo se los había llevado para ofrecérselos al diablo. Entonces todos fuimos a la casa de él y la incendiamos, le matamos las gallinas y lo obligamos a irse a la montaña con su mujer y sus críos. Y con lo que no se había quemado cargado en dos mulas.

Que el hombre que mira el pueblo sentado en un banco rojo y al lado de un arbusto, el único que está en la cima de la montaña menor, haya sido culpable o no, importa poco. A alguien teníamos que culpar de la desaparición de los perros. Y como las señoritas Bermúdez saben de las cosas invisibles, ellas tendrán sus razones para haberlo culpado. Así que borramos el nombre de él de nuestra memoria y cuando lo vemos aparecer con su banco y sentarse para mirarnos, tratamos de no verlo. Algunos nos hemos preguntado qué mira ese hombre. ¿Los techos de nuestras casas? ¿La plaza dónde nos reunimos a jugar dominó y a ver que las mujeres sí vistan decentes? En ocasiones nos confundimos tratando de adivinar qué pasa por los ojos de ese hombre. Y especulamos. “Está ciego y no ve nada”, pero no sabemos si está ciego de verdad. “Mira hacia donde pastan las vacas y las ovejas”, y pensar en esto nos da escalofríos porque podría suceder que el ganado desapareciera como los perros. O como nosotros, que vamos desapareciendo de a uno en uno. Pero de esto no hablamos porque trae mala suerte.






























15. EN CASA DE MI MADRE

La gente decía que éramos muchos hijos para una sola mujer. Y más, para una mujer bonita. Y era cierto y no cierto, porque mi madre siempre tuvo unos momentos en que se olvidaba de todo lo que se movía a su alrededor y se convertía en ella. Pasaba cuando se miraba al espejo y se arreglaba cuidadosamente el cabello y el traje que llevaba puesto; cuando se perfumaba como para recibir el sábado y cuidaba de que sus manos se vieran delicadas. O cuando leía un libro y, por más que gritáramos y peleáramos entre nosotros, pasaba horas sentada en su silla mecedora, al lado de la mesita donde guardaba sus tejidos, cerca a la ventana que daba al patio de atrás de la casa. En ese patio había sembrados sanjoaquines, bifloras, un brevo y un limonero. Parte de los sanjoaquines había sido mordido por nosotros y el perro.

A mi madre la pusimos la princesa, porque un amigo de mi padre nos dijo que ella era un princesa. Pero no sólo la nombramos con ese nombre sino que la situamos en distintos parajes de la tierra: unos días era la princesa iraní que olía a canela y estaba embellecida con azafrán. En otras era la princesa de las tierras frías, cuando la veíamos arropada y dormida en la silla. Esto sucedía cuando esperaba una carta de papá. O cuando papá venía en camino. Mi madre esperaba dormida, seguro acompañando al viajero o a las cartas.

Con el tiempo, mamá se convirtió en nuestra casa, en el espacio donde corríamos y hacíamos las tareas. En la mesa donde nos reuníamos a comer y en las noticias de papá. Todo era ella, las puertas y las ventanas, los patios y el cielo, las estrellas de la noche y los lugares donde nos escondíamos a llorar. Y con ella crecimos y crecieron nuestros espacios ciertos y soñados, la evidencia de papá y sus correrías por el mundo. Mamá se volvió nuestra casa enorme. Y si bien la gente decía que éramos muchos hijos para una sola mujer, y más para una mujer tan bonita, mi madre reía. Y esa risa también era nuestra casa.


16. CUENTO DE NAVIDAD.

El niño dijo que se iba a dormir. Lo dijo dos veces, esperando la reacción de quienes estaban conversando en la mesa del comedor. Estaba cansado y el sueño aparecía y desaparecía, pero antes que preguntarse o sentir si estaba en el umbral entre la vigilia y el dormir, lo que no tenía claro era si los padres eran los que colocaban los regalos a un lado de la almohada o de la cama, o si eran otros, quizás los vecinos o los ángeles. Cerró los ojos y los volvió a abrir con cierta ansiedad porque si cerraba los ojos no podría resolver la duda, pero los que estaban en la mesa seguían conversando y riendo. Entonces dijo por tercera vez “Me voy a dormir” y se puso de pie. La madre le dijo que si, que se fuera a dormir y que se pusiera el pijama. Se lo dijo dándole un beso en la cabeza y pasándole la mano por encima de la mejilla. La mano de la madre estaba tibia.

Mientras el niño estuvo en la mesa del comedor, trató de descubrir quién era el que traía los regalos, buscó miradas cómplices, algún gesto, pero sólo vio gente que comía y reía y que no parecía en Navidad sino en una cena como muchas otras, donde se aburría. Y que no estaban preocupados por hablar de los regalos sino de otras cosas que el no entendía bien. La que más hablaba era la tía Lía, de la que decían que era rica. A su lado, otra tía, Josefina, se preocupaba más por mirarse los anillos que tenía en los dedos gordos.

En la habitación, el niño se puso el pijama azul con osos estampados. Y le dio miedo que la tía Josefina desapareciera en el aire. Ella había dicho, quiero desaparecer. Claro que la tía Lía no lo iba a permitir. Ya, en otra comida, ella había dicho: de aquí no se va nadie y nadie se fue.

El niño se acostó en la cama, el cuerpo derecho y la cobija hasta la barbilla. Abrió los ojos y los cerró. Repitió la operación varias veces, hasta que estuvo seguro que los podría abrir y cerrar tan rápido como apretar un botón de concurso. Se rascó la punta de la nariz y al final se la estrujó contra la cara. Del comedor llegaban voces y risas.

Hizo frío. Esa noche llovió mucho y el niño estuvo atento al juego de abrir y cerrar los ojos. Y mientras los abría y cerraba, las voces del comedor fueron desapareciendo hasta que ya no hubo más sonidos. El niño dio una vuelta en la cama para controlar la puerta de entrada a su habitación. Y percibió algo. Extendió la mano y los dedos tocaron una caja y un moño: de nuevo el niño Jesús había sido más rápido que él. Cerró los ojos pero volvió a abrirlos. Si los dejaba cerrados, era posible que desaparecieran los regalos. Y podría pasar lo mismo si los tocaba siendo todavía de noche. Respiró profundo, buscando siquiera un perfume que se pareciera al de su madre, o al de la tía Lía o al de Josefina. Y en esa respiración cerró los ojos para volver a abrirlos con la velocidad de un botón de concurso. El botón no funcionó. En esas entró alguien y le puso al lado los demás regalos. Y lo miró y le dio un beso en la frente.














17. LA SALIDA DE VIAJE.

La mujer comenzó a hacer maletas. Miró la mueble del tocador, la ventana, las cortinas, el piso a baldosas rojas y verdes con cuadros amarillos. Y mientras miraba, iba guardando las camisas, algunas faldas, un libro que no había terminado de leer, un par de candelabros, un paquete con fotografías. Llevaría poco, lo que le cupiera en una maleta y un bolso de mano. Y quizás, en los bolsillos del abrigo, guardaría una libreta y un lápiz. Podría ser que en el tren quisiera escribir una carta.

Por la ventana se veían un par de edificios, cuatro fábricas que, según sabía, funcionaban a media marcha y una ya estaba a punto de cerrarse, y un paisaje amarillento y mustio. Poco que dejar, pensó, si lo que veía hiciera parte de lo suyo. Vio también un autobús colorido que se detuvo, recogió unos pasajeros vestidos de negro y siguió. Cerró la ventana, tomó la maleta y el bolso y bajó las escaleras. Al atravesar la puerta del edificio, sonrió: cuatro años perdidos viviendo en ese segundo piso.

Rebeca Montoya, treinta años, cinco de casada, sin hijos. Y dos años, contados día a día, de la mañana hasta la tarde, esperando a que su marido regresara. Él le había dicho: “voy lejos, en tren y en barco, cuando llegue te escribo una carta”. Y la carta llegó diciéndole “estoy bien, me gusta mucho lo que hago. Cuando vaya a regresar, te escribo de nuevo”. Pero pasaron cuatrocientos días sin saber de él, sin ver al cartero, sintiendo irse a las vecinas con sus críos y maletas, todas cansadas de esperar cartas de sus maridos, todos idos lejos, en tren y en barco. La única que persistía en quedarse era la mujer del piso cuatro, la que se teñía el cabello y salía a fumar al balcón. De esa mujer se decían cosas. Una de ellas era que no existía.

Cuando Rebeca llegó a la estación, casi no logra dar con el muelle donde debía tomar su tren. Había mucha gente, unos despidiendo con abrazos y pañuelos levantados, otros recibiendo a gente que venía de otras partes, muy pocos por cierto. Y todos con maletines, lo que implicaba que se devolverían de nuevo esa misma tarde. Por curiosidad, la mujer miró a los que bajaban de los trenes. Pero no había nadie conocido. También miró a los que partían y no reconoció a nadie.

Antes de subir al vagón, una mujer flaca y de cara alargada y seca, se colocó al lado de Rebeca. La mujer olía a polvo talco y a fragancia de limón. “Quiero que me diga por qué se va”, preguntó. Rebeca la miró con desdén.
-Quizás no sea ya de aquí-, respondió Rebeca con palabras secas, tomando la baranda del vagón y subiendo con poco esfuerzo la maleta. La otra mujer, levantando la mano, comenzó a despedirse.





















18. LA SOMBRA.


El hombre llamado Esteban, al subir las escaleras, notó que su sombra burlaba extrañamente la luz amarillenta que iluminaba el ambiente y que provenía de una pequeña bombilla que permanecía dentro de una caja enrejada en la que abundaba el polvo y donde se veían algunas moscas muertas. La sombra subía las escaleras más rápido que él, como si llevara una gran prisa. El hombre miró hacia atrás para ver qué podría producir el fenómeno, pero sólo vio las escaleras que había subido y un espacio al fondo que iba del amarillo al verde y finalmente se volvía oscuro. Le pareció que salía de una boca y que él era una lengua que se estiraba. Pero esto no lo inquietó tanto como que su sombra se moviera con ese afán misterioso, prisa que él no tenía sino que por el contrario subía cada escalón tan lento como le era posible. Le dolían las rodillas y algo le molestaba el pecho, como si una hebra de hilo se le hubiera enredado entre los bronquios. Afuera llovía y el cielo estaba oscuro.

Cuando llegó a la puerta 402, el hombre llamado Esteban se detuvo y descansó. Había subido ochenta escalones de un edificio viejo y estaba agitado. Y mientras estuvo allí al frente de la puerta, tratando de respirar mejor y esperando a que el dolor que sentía en las rodillas se calmara un poco, su sombra desapareció. Supuso que se debía a que estaba bajo una bombilla. Pero no era así. La bombilla estaba a su espalda y esto obligaba a que su cuerpo diera sombra, pero fue como si la luz en lugar de atravesar al hombre llamado Esteban estuviera cruzando una bolsa de aire. Pensó que era algún efecto producido por la contaminación y sacudió la cabeza mientras buscaba la llave en el bolsillo de la chaqueta. Cuando abrió la puerta y encendió la lámpara de la habitación, su sombra lo esperaba al lado de una ventana. La miró con recelo y un poco de temor. Y como todavía tenía las llaves en la mano, se las tiró. La sombra no se movió. Decidió entonces ir hasta ella y cuando estuvo cerca, la sombra se movió y se colocó al otro lado de la ventana. Al hombre le pareció que era un limpiador de vidrios.
-No jugarás conmigo-, dijo el hombre llamado Esteban. Le temblaron los dedos cuando abrió la ventana. Una ráfaga de lluvia fría entró en la habitación y el hombre vio como su sombra bajaba por la pared del edificio de enfrente y al fin se posó en la calle como si fuera un recorte de papel negro.

El hombre llamado Esteban bajó de nuevo hasta la calle. En su mano derecha llevaba un paraguas amplio y negro. En la izquierda un bate de béisbol.
-Te aplastaré como a un piojo-, dijo el hombre. Caminaba con dificultad en esa lluvia y su cuerpo, bajo la luz de neón, cobraba tintes en diversos azules. Y cada vez que se acercaba a la sombra, ésta cambiaba de sitio. Al fin, luego de seguirla a un lado y otro de la calle y quizás por azar, logro darle a la sombra con el bate. La actividad, el frío y el agua que no paraba de caer y de correr a sus pies le crecieron el dolor en las rodillas y la congestión en el pecho.
-Ahora me prepararé un té-, dijo el hombre llamado Esteban. Y entró en el edificio y comenzó a subir los ochenta escalones. En el tercer piso, una vecina, envuelta en un albornoz y con la cabeza cubierta por una redecilla, le salió al paso.
-Lo vi todo, lo felicito-, le dijo.
-Gracias-, murmuró el hombre llamado Esteban. A su lado, la sombra permanecía quieta y humillada.
















19. GEOMETRÍA.

La mujer que fue a sentarse a la mesa A llevaba consigo un pan de almendras, un pocillo de café y una manzana pequeña. Tendría treinta años y el pelo rizado y brillante. En esa mesa A, alguien había dejado un periódico. Un hombre que estaba en la mesa B, donde había pasado un buen rato escribiendo en una libreta miró a la mujer, pero ésta no se dio por aludida. El hombre giró la cabeza y se fijó en la calle. A través de la vitrina del local se veía que había dejado de llover y las personas caminaban con las sombrillas cerradas, pero con prisa. Ya se sabe, habían perdido tiempo encerradas o refugiadas en algún zaguán y ahora querían recuperar su orden del día. Una de las personas que pasó delante de la vitrina, se detuvo y miró hacia adentro. Sus ojos se quedaron fijos un rato en la mujer de la mesa A. Luego continuó su camino con cara de disgusto.

El hombre de la mesa B calculó el ángulo que había entre la mujer de la mesa A, él y otra mujer con dos niños que comían un trozo de torta en la mesa C. Los niños comían más rápido que la mujer. El ángulo podría ser de 112 grados, pero no con exactitud porque los niños de la mesa C a veces corrían un poco la mesa donde estaban comiendo. La mujer que estaba con ellos sonreía mirándolos comer y moverse mientras con la mano corría hacia ella las migas de torta que caían de las bocas de ellos o de su boca. Era una mujer hermosa pero demasiado gorda y contrastaba con la mujer de la mesa A, que si bien no era fea, si parecía muy flaca. El abrigo que llevaba puesto le colgaba de los hombros y, sentada allí con su café, el pan de almendras y la manzana, además del periódico que alguien había dejado, mostraba unas piernas delgadas enfundadas en unas medias de lana gris. El hombre de la mesa B miró las piernas de la mujer del abrigo y luego volteó la cara hacia la mujer gorda. Calculó que el lado C del triángulo que estaba conformando entre él, la mujer que bebía café y el sitio donde comían los niños y la mujer de cara bonita, y que él consideró la hipotenusa, creaba una especie de elipse (tal vez una cuerda) y no una recta. Esto debido a que los niños movían la mesa.

Cuando terminaron de comer la torta en la mesa C, los niños se pusieron de pie y esperaron a que la mujer que estaba con ellos recogiera las migas, hiciera una especie de bola y pusiera el contenido sobre la servilleta con la que se había limpiado la boca. En ese momento, con los niños y la mujer de cara bonita abandonando la mesa, el lado C se convirtió en una recta. El hombre de la mesa B vio salir primero a los niños y después a la mujer. Realmente era demasiado gorda y de una edad impredecible. Miró a la mesa A y la mujer lo estaba mirando. El hombre sostuvo la mirada por unos segundos. La cara de la mujer era casi cuadrada y acreditaba nariz y labios pequeños. Y ese pelo rizado y brillante le daba aspecto de lámpara. El hombre, con la mesa C vacía, se dijo que ya sólo existía una recta entre B y A. Anotó esta conclusión en la libreta y se levantó de la mesa. La bufanda que llevaba al cuello, que era una de esas simples y baratas, y el hecho de que cojeara un poco, lo intimidó frente a la mirada de la mujer de la mesa A. Trató de caminar despacio para que su defecto no se notara. La mujer de la mesa A mordió la manzana, casi la partió a la mitad. “Media esfera con el diámetro torcido”, pensó el hombre de la mesa B apretando su libreta de apuntes. El periódico que alguien había dejado seguía cerrado en la mesa A.















20. NIEBLA LIGERA.

La mujer lucía gafas redondas y pequeñas, el pelo cogido en cola y no tendría más de cuarenta años. Claro que estos datos dicen poco para definirla correctamente. Le agrego entonces que la mujer vestía un traje semi-largo pasado de moda, con muchas flores estampadas; llevaba un chal ligero sobre los hombros y unos zapatos negros y estrechos que le habían hinchado un poco los pies. Se había disfrazado para la ocasión. Detrás de ella, sonaba un grupo de música árabe: tamboriles, cuerdas y voces continuas que acompañaban otra voz que cantaba un paisaje de Marrakesh. Cerrando los ojos, o sea cambiando a la mujer de lugar, la mujer de las gafas redondas estaría sentada en una silla de restaurante occidental, de esos para turistas. Y allí, para escándalo de los creyentes, bebía un vaso de whisky.

Los árabes que cantaban hacían énfasis en la palabra sol, pero como era de noche y hacía fresco, la mujer de las gafas redondas los miraba con curiosidad. Para qué tanto sol, imagino que pensaba, si al frente de ella se notaba un mar oscuro, móvil y sonoro y una niebla ligera al fondo que quizás escondiera un barco o al díos de los peces. Yo, en cambio, miraba con los ojos cerrados a la mujer. O sea que no la veía sino que la imaginaba. Y como sabía quién era, aunque no le sabía los años y ahora estaba disfrazada, la imaginaba mal. Es difícil imaginar a alguien que se conoce porque los recuerdos se oponen a la invención y entonces lo que se fabula se convierte en una evidencia. Sin embargo hice un esfuerzo para imaginarla: le quité las gafas, pinté su boca de rojo y le cambié de vestido. También le puse en la cabeza un sombrero de ala ancha de color azul marino. Y si bien el mar sólo era una mancha oscura que se oía, el azul del sombrero se mostró bastante bien.

Los músicos árabes eran cuatro. Dos de ellos descalzos y sentados con las piernas cruzadas, golpeaban insistentemente los pequeños tambores. Los que estaban de pie, uno que tocaba las cuerdas y el otro una pandereta, estaban en otra parte, donde no hay cuerpo sino sonidos. Todos tenían la cabeza cubierta con sombreros de colores vivos, lo que destacaba el blanco de sus chilabas. La mujer de las gafas redondas levantó el vaso de whisky a su salud. Uno de los tamborileros sonrió mostrando un diente de oro. Me sentí celoso. ¿Por qué le estaba sonriendo si lo insultaba? El hombre del tambor debía ser un creyente. Claro que también era posible que fuera un disfrazado, como ella.

Sentí el sonido de un beso fuerte, proveniente de alguno de los músicos. Luego el beso se repitió y miré más atento a la orquesta para ver de dónde provenía. Con los ojos abiertos, la mujer de las gafas redondas y el pequeño chal sobre los hombros me pareció triste y flaca. Pero sonreía, siempre con el vaso de whisky en la mano. La niebla ligera le cubría las piernas. Luego la niebla se dispersó y el mar comenzó a envolverla, como si bailara con ella. Y fue terrible porque al cabo de un tiempo noté el vaso de whisky flotando sobre las olas negras de ese mar sonoro y el chal volando por encima de los músicos como uno de esos ángeles exterminadores que viven en los libros sagrados. El sombrero azul lo lucía el tamborilero del diente de oro y yo tenía sus gafas redondas en la mano. Tuve que abrir los ojos.


















21. DIRECCIONES.

El autobús se detuvo en un cruce de caminos donde un aviso clavado en un poste indicaba que a 3 kilómetros estaba la fábrica de embutidos de carne y, en dirección contraria, el mar. El aviso había sido clavado de mala manera y por ello estaba torcido. Y el hombre que bajó del autobús, después de mirar el aviso, optó por el camino hacia el mar, quizás porque el aviso se inclinaba en ese sentido y le pareció que también debía alejarse de las huellas que dejaba el bus. No venía huyendo ni tampoco estaba cansado o aburrido. Simplemente estaba vacío y le agradaba estar así.

Mientras caminaba bajo un cielo gris y un paisaje más oscuro que claro, lo que presagiaba que podría caer una lluvia lenta, el hombre se llevaba la mano a la cabeza y levantaba un poco el sombrero, como si estuviera saludando a alguien. Y a veces se detenía por un momento, miraba sus zapatos, abría y cerraba los pies y continuaba no sin antes mirar hacia atrás. Era posible, pensó, que el bus lo quisiera seguir. Sabía de pasajeros que habían sido seguidos por buses, trenes, aviones y barcos. No eran comunes estos casos, pero los había. Y si bien no se imaginaba bien cómo un tren podría seguir a alguien y lo mismo un barco, seguro había técnicas para hacerlo. Miró de nuevo hacia atrás, pero el paisaje seguía solo.

Al cabo de un rato largo, después de pasar de un paisaje verde seco a uno con más piedras que hierba, el hombre se detuvo. Llevó su mano al bolsillo y sacó una navaja pequeña. Sonrió. De verdad no sabía que a nadie lo hubiera perseguido un tren o un barco, ni un avión ni un bus. Simplemente imaginó que esto podría pasar y que sería loco que sucediera. Y aunque llegó a esta conclusión, miró hacia atrás. La navaja, de cubierta roja, parecía un ají en su mano. Y volvió a ponerse en marcha, siguiendo el camino hacia el mar. Y el mar no se veía ni había nada que indicara que estaba cerca. Quizás, reflexionó, el aviso estaba equivocado. Dos pájaros oscuros y de pico colorado pasaron volando y rompiendo el cielo gris.

-Si el mar no está en esta dirección-, se dijo el hombre, -quizás haya un río. Y si no hay un río, talvez un pequeño arroyo-. Le dolían los pies y ya no se llevaba tanto la mano al sombrero. El gabán que llevaba puesto comenzó a molestarle. Era un abrigo negro con cuatro botones grandes. Cuando se lo puso, antes de subir al bus, le pareció que no era adecuado para viajar, era demasiado grande. Pero se lo puso porque podría hacer frío. Y tuvo otra razón: lo hacía parecer más joven.

Antes de caer la noche, el hombre volvió a mirar hacia atrás. Y en lugar de continuar por el camino, comenzó a devolverse. Ya estaba seguro de que no había ningún mar ni río ni arroyo. Y que no lo seguía nadie. Esto último lo puso de mal humor. ¿Qué pasaría si más allá tampoco hubiera una fábrica de embutidos de carne ni las huellas de un bus ni siquiera el poste con el aviso mal clavado? Abrió la navaja.


















22. UN MÚSICO.

Isaac Milwer tomo el violín en la mano izquierda, lo miró por unos momentos y apuntó con él como si tuviera un rifle en la mano. Sus ojos siguieron la línea de las clavijas hasta un pequeño escaparate que tenía un espejo de luna. Sonrió. Nunca había tenido un arma en sus manos, pero el violín a veces le daba esa sensación. Quizás un día, mientras estuviera tocando, el violín dispararía y el disparo daría en una de las lámparas del teatro o en la rodilla del director o quizás en la cabeza del dueño del teatro. Sería un gran escándalo. Hasta donde daban sus conocimientos, que eran abundantes, jamás habían disparado desde una orquesta de música clásica, ni siquiera en los tiempos de los rusos. Su abuelo, que se caminó todas las rutas de la estepa y las del mar Negro, nunca contó una historia así.

Desde chico, Milwer tocaba el violín tres horas diarias, dos antes de rezar y una después de almuerzo. Y si bien esto no fue bien visto por su profesor y luego por su esposa, porque esas horas eran inapropiadas, la rutina del hombre nunca se rompió. Y en esas tres horas, además de seguir las notas escritas en la partitura y producir cada día una música más bella, Isaac Milwer pensaba en cómo sería el mundo más allá de la última casa de la tierra. Quizás fuera sólo bruma o una oscuridad inmensa donde ya no se oían voces ni volaban los pájaros. O, estaba en lo posible, en esa casa del fin del mundo comenzaba otra realidad y no habría noches ni días sino un sonido fino y constante que evidenciaba que allí se fabricaban animales y plantas nuevos que luego serían traídos por el viento para ser clasificador y servir de tema de estudio. Esto lo pensaba mientras tocaba el violín. Y en esos pensamientos se olvidaba que estaba practicando y salía hasta la ventana de la habitación para mirar. Así todos los vecinos se daban cuenta de que él tocaba el violín y que la música no la producía un disco.

El violín, que según el Talmud es el instrumento que anuncia la destrucción, pesaba poco. Y esto le permitía a Isaac Milwer moverlo en todas direcciones e incluso dar una vuelta completa. Estos movimientos desconcertaban a los otros músicos y al director, pero le gustaban al público que veían en el violinista una manera nueva de interpretar la música. Claro que Milwer no era conciente de esto. Lo único que le interesaba era mirar por entre las clavijas haciéndose a la idea de un blanco preciso y este blanco aparecería en algún momento, quizás en forma de ganso silvestre o de globo con dos señoras gordas adentro. Cuando lo viera, accionaría una de las cuerdas pisada en nota Re y el violín dispararía. De esto estaba cada día más seguro.

El día en que se sucedió el disparo, que dio de lleno en un ramo de flores que la dirección había puesto en un extremo la puerta del teatro, los asistentes al concierto miraron con fastidio hacia el lugar. Una mujer dijo: -cada vez hacen los ramos más pesados, esto es terrible-.
-Creo que se debe al exceso de barro húmedo-, dijo el hombre que estaba a su lado.




















23. AUSCHWITZ.

El hombre semítico llamado Malaji se detuvo para limpiar sus anteojos. El día estaba gris y frío y le pareció que los que iban a su lado tendían a desaparecer entre la niebla frágil. Quizás fuera el frío que le entraba en las manos tensándolas un poco. Si se sentía mal de las manos, el mundo desaparecía en el hombre llamado Malaji. Cuando se puso los anteojos, miró con atención las piedras del camino, la puerta de entrada, la carrilera por la que rodaba el tren con prisioneros, el pequeño camino que conducía a un patio grande. Más allá, como comprobó después, estaban las barracas, las lámparas que colgaban de algunos techos, los hornos crematorios que en otro escenario podían ser interpretados como hornos de pan, las alambradas que ya no estaban electrificadas, las garitas vacías, el silencio intenso. Todo se mantenía en un orden impecable y razonablemente diseñado para que no se generaran dudas ni se cometieran errores. Las manos le dolieron un poco más.

A medida que fueron penetrando en lo que había sido el campo de concentración, los turistas comenzaron a soltar palabras. Primer en voz baja, respetuosamente, y después en el tono que se usa cuando se va por una calle. Incluso hubo una mujer que rió y un pequeño hombre que contó un chiste que no se entendió bien.
-Creí que era más horrible-, dijo la mujer de Malaji.
-Debiste leer antes para entender lo que estás mirando-, dijo Malaji. El dolor en las manos le entraba como un alambre torcido.
-No me gusta leer historias de horror-.
-Estás en una-. La mujer miró a Malaji con cierto asombro. Todo estaba tan ordenado, tan limpio, el guía y los turistas parecían tan simpáticos.

Antes de finalizar el recorrido, Malaji parecía no tener conciencia una clara del espacio y tropezó un par de veces. La mujer que rió lo miró con cierto desdén y el hombre chico que había contado mal el chiste se hizo a un lado. Quizás, supuso, si Malaji caía podía empujarlo a caer con él. Pero el hombre semítico no cayó a pesar de que el dolor en las manos le había borrado incluso el nombre del sitio donde estaba y apenas si percibía que avanzaba. Lo rodeaban muchas sombras y movimientos al azar. Ya, al momento de salir de nuevo al campo exterior donde los esperaban para regresar al hotel, el hombre semítico logró subir al autobús con mucha dificultad. El aire tibio del interior del vehículo lo adormeció un poco y comenzó a quitarle la sensación de dolor. El calor del aire le fue extrayendo el alambre torcido que le había entrado en las manos y cuando ya llegaban a la ciudad, las manos del hombre estaban en calma.
-Creí que era más terrible ese campo de concentración-, volvió a decir la mujer.
-Fue un horror cuando hubo gente ahí-.
-Nosotros también somos gente-, dijo la mujer. Tenía cara de haberse aburrido y de no querer discutir.
























24. FRENTE AL ESPEJO.

La mujer se miró tres veces al espejo, cada una desde un ángulo distinto y arreglándose el pelo de manera diferente. Pero en ninguna de las tres veces quedó contenta con lo que vio. Decidió entonces buscar unas tijeras y cuando las tuvo en la mano regresó al espejo. Cortó un poco del pelo que le caía en la frente, unas puntas que le entraban en el óvalo de la cara y al fin tomó la determinación de cortar una buena cantidad que puso a nivel el cabello con los hombros. Sin embargo, y a pesar de que se vio más fresca y joven, algo le molestaba. Dejó las tijeras a un lado y se colocó unos aretes. Se vio extraña con esos aretes y optó por cambiarlos por unas pequeñas perlas. Luego se pintó los labios de rojo y colocó un poco se sombra sobre los párpados. La imagen que percibió le pareció terrible. Así que desordenó el cabello, se limpió la boca, la sombra de los párpados y libró las orejas de los aretes. En el espejo se reflejó la imagen de una mujer aburrida.

El día anterior, la mujer había asistido al funeral de su madre y mientras el rabino rezaba la oración de los muertos y otros judíos lo seguían manteniéndose atentos a que sus libros de rezos no se mojaran, porque ese día llovió venteado y los paraguas hubo que inclinarlos un poco, miró a los muros del cementerio y pensó que las ramas de los árboles del patio de afuera estaban sobrepasando la altura del muro y ya entraban en los linderos donde estaban algunas tumbas, así que era necesario cortarlas porque de no hacerlo perturbarían la memoria de los que estaban enterrados. Y eso que pensó la llevó a imaginarse delante del espejo cambiándose de cara y ser otra a la que todavía no se le hubiera muerto la madre.

El espejo donde se estaba mirando era más alto que ancho y en él se reflejaba una pequeña ventana que daba hacia un patio estrecho. A la mujer le pareció que debía cubrir la ventana así como también debía cubrir ese espejo y no mirarse más porque eso que estaba haciendo era un pecado enorme, ya que en una casa donde se lleva a cabo un duelo todo debe estar cubierto para que la muerte permanezca allí y se duela de los que guardan luto y entonces salga avergonzada de lo que hizo. La cara de la mujer se alargó y en el espejo apareció un vaho simple que tomó unos tintes grises.

Haberse cortado el cabello y maquillado también fue un pecado, pero la mujer se olvidó de haberlo cometido y fue a sentarse al suelo, cerca de la mesa del comedor donde había otras personas que hablaban en voz baja y movían las manos lentamente. Le pareció que olían ácido y que en lugar de hombres y mujeres que la acompañaban en el duelo lo que se presentaba era una película proyectada desde alguna parte y esa gente que se movía de un sitio a otro o que no se movía sino que la miraba eran actores, unos principales y otros extras. A la madre le había gustado mucho el teatro, recordó. Entonces se quitó el manto que tenía en la cabeza y comenzó a jugar con el pelo recortado. Y a medida que tomaba un cabello y lo miraba, un frío intenso le iba llenando las entrañas. La vieron llorar. También la vieron entrar en el baño y cerrar la puerta tras de ella. Luego siguió la noche, la madrugada y el día.



















25. LA DESPEDIDA DEL MAR.

Se marcharon en la mañana, cuando ya el sol iluminaba plenamente el mar y brillaban algunas piedras en la costa. “Un día lindo”, se dijo el hombre que presenció la partida y que siguió con la mirada al auto que salió de la casa D…, tomó por el camino hacia el interior y en cuestión de segundos dejó en el hombre un vacío intenso pero ninguna tristeza. Realmente, el auto se llevó la alegría de los días anteriores pero también dejó una sensación de amor tan grande como el cielo de ese día. El hombre se dijo: “van felices”. Era un hombre grande, rubio y de barriga prominente. Llevaba puesta una chaqueta de lana virgen que había comprado en América.

El hombre quedó de pie en la puerta de la casa D…, una construcción bretona de mediados de los 60 que miraba hacia el mar desde el porche y, desde las habitaciones de atrás, hacia una pequeña ciudad, unos pequeños cerros y unos árboles altos. Y desde la casa D… le pareció ver de nuevo, fue una ilusión ligera, a quienes se marcharon en el auto, un hombre, una mujer y dos niñas, que ya no estaban jugando más en la playa ni paseaban por los cerros para saludarlo a lo lejos levantando las manos como pequeños molinos de viento. Se divirtieron bastante entre el mar, las callejuelas del pueblo y las tierras verdes mientras estuvieron en el lugar.

En esa casa D… todos, incluido el hombre que miró salir el auto, eran huéspedes. Y todo en ese sitio fue bastante cómodo, menos el computador donde el hombre que despidió a la pareja y las niñas trabajó tres semanas traduciendo un libro. Era un aparato viejo y con muchos problemas en la conexión a Internet. Pero era lo único que había para trabajar y allí el hombre tradujo casi todo el texto a pesar de no poderse comunicar con el autor. Ya se sabe, los traductores hacen preguntas, piden nuevos datos, entran en la obra que traducen y a veces se desconciertan. Por eso la conexión que presentó problemas sacó varias veces al hombre del ambiente en calma en el que estaba haciendo su traducción. Pero no maldijo sino que miró al mar y la tristeza y la ofuscación terminaron allí, entre las olas.

Cuando ya no hubo más noción del auto, el hombre entró en la casa. Le pareció que era demasiado grande y silenciosa. Sin la pareja y las niñas, la casa se había ampliado y en esa amplitud se podían escuchar los sonidos que venían del jardín, de la pequeña ciudad, los cerros cercanos, los árboles y el mar. Esta situación hizo sentirse al hombre en un lugar lejano. Pensó en su casa en la Selva Negra, en sus perros, en las caminatas diarias, en su mujer. Pero fue sólo un momento, porque entró en la cocina y se preparó un té verde de Vietnam. Luego retornó al computador y siguió con su trabajo.

Desde la casa D, el mar era amplio y bello. Y el cielo azul contrastaba con el verde del campo, con los árboles que dejaban entrever un color amarillo por entre el verde de sus hojas. El hombre se detuvo un momento en su trabajo, bebió del jarro con té y cerró los ojos: vio a las niñas corriendo y gritando. A la madre de ellas poniendo en orden lo que dejaban sobre el suelo. Al padre de las pequeñas leyendo un libro y estirando las piernas flacas. Cuando abrió los ojos, el hombre que traducía se puso de pie, salió a la puerta y miró de nuevo hacia el camino por donde se había marchado el auto. “Van felices”, se dijo otra vez. Y luego miró hacia atrás, al sitio donde estaba el computador.
-Eres una porquería-, dijo el hombre en voz alta, señalando con el índice el aparato. Y sonrió. Se lo veía descansado, listo a terminar su trabajo y a tomar el tren del martes en la mañana. Y pensó que la casa D… también sentiría un vacío cuando él se marchara, igual que el computador y su mala conexión a Internet. Afuera seguía el mar, el día lindo, los cerros verdes y los árboles altos. Y un sonido que se ampliaba y se encogía, como si toda la tierra a su alrededor estuviera durmiendo satisfecha.







26. EL GORRIÓN.

La mujer abrió la ventana y el espacio de afuera, en lugar de color y movimiento, se mostró como una extensión gris y fría rota por un sin fin de edificios que mantenían los balcones y las ventanas cerradas, así que nadie estaba despierto todavía ni se notaba nada especial en la calle. Y fue extraño que fuera de esta manera porque esa noche hizo mucho calor, lo que la hizo presentir un cielo limpio y estrellado, y la mujer dio vueltas en la cama tratando de conciliar el sueño, logrando apenas algunos espacios donde se confundió la vigilia con un sueño persistente: una mesa enorme donde unas caras desconocidas le hacían preguntas.

Por la ventana abierta entró una brisa fresca que movió el pelo a la mujer y también un trozo de tela del batón que llevaba puesto encima como una capa para protegerse de la lluvia o de una tormenta de arena. Si alguien hubiera estado a su lado, le habría visto el nacimiento de los senos y la piel blanca y pecosa. Pero estaba sola y mantenía los ojos entrecerrados. Y parecía querer capturar el sueño ausente. Afuera, los árboles parecían de un verde más oscuro, quizás porque en la calle se notaban charcos con agua.
-No me di cuenta que lloviera-, se dijo la mujer y cerró la ventana. Luego fue a sentarse a una silla mecedora que estaba al lado de una pequeña mesa donde se veía un aparato de radio. Lo encendió y oyó la voz de Edith Piaf que cantaba Plus bleu que tes yeux. A la mujer le gustó la canción, ese ritmo de vals lento, porque la hizo recordar las calles de su juventud. Y si bien el francés de la canción lo entendía mal, era un buen francés para ella que realmente no quería más que dormir y, al mismo tiempo, evadir el sueño de la mesa con las caras y esas preguntas que no lograba entender bien. Supuso que ahí, sentada y casi desnuda, porque el batón le había caído a la altura de los riñones, cerraría los ojos y la canción se encargaría de llevarla a otro lugar, a ese que en la noche no había podido llegar debido al calor.

Con los ojos cerrados, y desnuda de la cintura hacia arriba, la mujer imaginó que era una de esas mujeres de madera que se veían en las proas de los barcos antiguos, colocadas ahí para retar a los demonios y amamantar las tormentas hambrientas. Y pensar que iba llamando al Kraken y mostrando sus pechos, la hizo sonreír. Ya no era joven y, si bien todavía podía resistir una amor tormentoso y apasionado, cosa que le amplió la sonrisa, le dolía más la piel que la excitaba. Se imaginó entonces de madera, repintada con pintura de aceite, carcomida un poco por la broma y oyendo gritos de marinos en lugar de palabras de amor. Dejó caer la cabeza y aspiró hondo. Cuando soltó el aire de los pulmones logró entrar en un aire tibio por donde flotaba como una hoja de otoño que todavía no tocaba el piso de la calle. Por sus oídos entraba la voz de Edith Piaf cantando L’Accordéoniste.

La mujer que abrió la ventana para cerrarla casi de inmediato porque lo que vio no hacía relación con lo que sentía, durmió un buen rato sentada en la silla al lado del aparato de radio. Cuando abrió los ojos de nuevo, el calor llenaba la habitación y se escuchaba a alguien que hablaba en el piso de abajo.
-Debe ser la vecina, que pelea a diario con los huevos y las salchichas-, se dijo la mujer. Y quiso levantarse para abrir la ventana, pero mejor se entretuvo mirándose el cuerpo. “Los aventureros”. La palabra apareció cuando se acariciaba las rodillas. Luego concluyó: “señores, la respuesta es los aventureros”. Y el sueño de la mesa con las caras vacías se iluminó y apagó de repente. El pelo de la mujer, que antes había sido movido por la brisa, permanecía quieto y pegado al cráneo. La mujer sudaba y la boca se le había torcido un poco.










27. EL EDIFICIO.

El hombre llamado Spinni, él decía que se llamaba de esa manera y a pesar de que nunca había mostrado la identificación, realmente tenía cara de ser Spinni y si hubiera tenido otro nombre sus rasgos lo habrían contradicho. Así que el nombre lo definía: ojos cansados, nariz larga, el mentón cuadrado y la barba apretada. Y vestía con un enorme gabán negro cruzado del que sobresalía una bufanda en invierno o una corbata roja en verano o en los días templados. No era muy grande y no se sabía si era flaco o gordo. En ocasiones se ponía un sombrero blanco, pero la mayoría de las veces iba descubierto. El pelo rojo le daba una apariencia de llamarada que se estuviera apagando.

La mañana en que Spinni entró al edificio, contra su costumbre, iba sin el gabán y llevaba bajo el brazo un enorme paraguas inglés. Cosa rara porque el día estaba fresco y no había amenaza de lluvia ni del sol intenso. Quienes lo vieron se alarmaron un poco porque que un hombre cambiara de repente de costumbres no era corriente. Pero Spinni saludó igual que todos los días y antes de entrar al edificio tomó en el bar su café acostumbrado y leyó el periódico. Lo único extraño en él fue que no llevara puesto su gabán ni luciera la corbata roja, como era propio del día. El pelo rojo se lo había peinado con un poco de gomina.

El edificio al que entró Spinni se había clausurado hacía unos años y los únicos habitantes eran ratas, gatos, palomas y lagartijas. Y ningún vecino entraba en él porque tenía las vigas y las escaleras podridas y un aviso alertaba sobre esto y el peligro de derrumbes internos y aires venenosos. Ciertamente no sabíamos por qué no habían demolido el edificio y muchas veces nos habíamos quejado en la Administración recibiendo como respuesta que la demolición estaba en curso, que no todo se podía hacer al mismo tiempo en la ciudad. En esos años del edificio clausurado cambiaron en seis ocasiones de empleado en la oficina de Información, pero la respuesta fue siempre la misma.

Suponemos que Spinni entró con cuidado y recorrió cada espacio del edificio teniendo muy en cuenta el sitio donde se apoyaba o ponía el pie. También suponemos que sus manos se llenaron de polvo y que encontró en su camino periódicos viejos, muebles amontonados, pocillos sucios de oficinista, algunas máquinas oxidadas de escribir y teléfonos descompuestos. Lo que si fue muy extraño es que no hizo ningún ruido, salvo al abrir y cerrar la enorme puerta de hierro. Y digo que esto fue raro porque todos nos acercamos al edificio y pegamos las orejas contra las paredes, pero no escuchamos ningún sonido a lo largo del día y la noche. Cuando comenzamos a irnos cada uno a su casa, seguros de que Spinni se había perdido en ese edificio y quizás ya no volvería a salir, alguien señaló hacia arriba para que viéramos una sombra que se paseaba por la terraza del edificio. La figura se movía de un extremo al otro y cada tanto abría y cerraba el paraguas.
-Es Spinni-, dije yo. –No le ha sucedido nada-.
-Pero debe sucederle algo malo. Si no es así, el aviso de peligro nos ha estado mintiendo todo el tiempo-, dijo una mujer.
Esto causó malestar entre los vecinos que, antes de separarse, se pusieron de acuerdo en irse a quejar a la Administración.
-Nos engañan todo el tiempo-, dijo el dueño del bar en el que Spinni bebía su café diario.















28. UNA LINEA SOBRE EL MAR

El mar de esos días de fines de agosto dejaba ver tres franjas de color pobre, es decir, mostraba un horizonte dividido en tres espacios en los que el sol se reflejaba mal y no permitía ningún buen pensamiento sobre los barcos que flotaban encima y que más parecían tuercas enmohecidas sobre una tabla mal pintada. Se veía un pedazo oscuro al fondo, casi verde botella; otro un poco claro en medio y el que llegaba a la playa, produciendo unas olas casi como babas, era de un color verde apagado. No fue un mar bonito el de esos días y el hombre que lo miraba se encogió de hombros o miró la televisión o se entretuvo pensando en otras cosas y se hizo a la idea de que estar allí no tenía ninguna importancia, que más bien era como estar en medio de un callejón con los muros repletos de afiches rotos. Entonces dio algunas veces la espalda al mar y se tiró sobre la cama o bajó hasta el primer piso para salir a una calle abandonada y amarilla o estuvo en el restaurante buscando quien jugara al ajedrez o a las cartas con él. Hizo calor esos días y el sol se enrojeció siempre a partir de las seis de la tarde. Luego desaparecía como si alguien tirara fuerte de él. Por la cara y la nuca del hombre, mientras estuvo allí, rodaron unas fastidiosas gotas de sudor, como él mismo las clasificó en las conversaciones que tuvo con otros que tampoco habían visto nada interesante en ese mar y preferían hablar de tangos o de matrimonios fallidos. Y que contaron chistes mientras bebían aguardiente.

El hombre había llegado a ese hotel para dictar una conferencia. Y trajo con él un libro de Sebald, que casi había terminado durante el viaje en avión, y un maletín donde llevaba dos camisas, unos interiores, una buena cantidad de cigarrillos y una libreta para notas y dibujos. La libreta y el libro se Sebald no fueron tocados durante su estadía, así que los apuntes que hizo sobre el mar se los estuvo repitiendo intensamente para no olvidarlos y luego los confrontó con el taxista que lo llevó al aeropuerto, para regresar de nuevo a su ciudad. El taxista era negro, con la cara redonda y picada de viruela. Y con unas manos enormes de antiguo pescador.

Mientras el hombre estuvo en el hotel, que fueron tres días y dos noches, ese mar contuvo, además de los colores siempre sucios y unas olas casi imperceptibles, tres grúas enormes, una docena de barcos que cargaban carbón, cuatro yates y, en la noche, unos pesqueros que aparecieron en la noche barriendo el interior de las aguas con unas redes del tamaño del restaurante del hotel, así que mataron peces grandes y chicos, comestibles y de esos que sólo comen otros peces. Los pequeños pescadores debieron odiar esos barcos que nos les permitían pescar nada, igual que los odió el hombre. Los pesqueros llevaban encendidas unas grandes luces, como ojos de monstruo.

El taxista que lo llevó al aeropuerto, que reía bastante, le dijo al hombre que cuando no conducía el auto tocaba el acordeón y que uno de sus hijos, trabajador de la mina, estudiaba derecho porque quería ser senador de la república. Y que tenía tres mujeres, todas paridas. Y habló de todo menos del mar, excepto que el puerto estaba más allá y no dejaban entrar a él trabajadores y gente importante. “Las mujeres esperan afuera”, dijo. Y acotó: “todo el día, al sol y al agua. Eso les da buenas piernas”.

Antes de subir al avión de regreso, el hombre bebió una cerveza en compañía de un catalán que regentaba un hospital y que también había sido conferencista. Hablaron de cosas intrascendentes, de direcciones, de una mujer que les era común. Y no mencionaron el mar ni el calor, ni de esa ciudad en la que estaban y que no habían visto porque el hotel los atrapó, igual que el espacio donde dictaron las conferencias y la gente que les hizo preguntas. Sobre las respuestas a las preguntas, los dos hombres rieron bastante.

Cuando el avión despegó y se movió un poco porque estuvo enfrentando un viento fuerte, el hombre miró por la ventanilla. Vio unas nubes, la ciudad lejana no vista, el mar dividido en tres franjas. Cerró los ojos y sintió que las fastidiosas gotas de sudor no lo dejaban todavía. Y en la oscuridad que le provocaron los párpados cerrados, percibió la imagen del mar de su niñez, que era de otro color y tenía todavía esperanzas. Y le pareció que se estaba dando respuesta a una pregunta tonta.


































29. UN INTRUSO.

Era la media noche y aumentaba el frío. Durante el día había llovido bastante y el cielo permaneció gris con algunas manchas negras entre las nubes, rotas en ocasiones por rayos largos y azules. Sin embargo, a eso de las nueve de la noche (veíamos televisión) había escampado y los arroyos que antes corrieron por las aceras y las calles fueron desapareciendo lentamente, lo que a las diez, en el espacio que nos abrió una tanda de comerciales, nos permitió ver unos lugares limpios y brillantes, abundantes en puertas y ventanas cerradas. Esta visión nos hizo descansar un poco del no hacer nada acumulado frente al televisor. El agua que había corrido en la mañana y en la tarde no había arrastrado nada con ella, por eso la calle parecía recién lavada y las aceras se veían frescas. Las puertas y ventanas parecían más chicas. A las doce, antes de irnos a dormir, la luz de las lámparas de mercurio daba una mayor intensidad a esta limpieza.

Pero esa noche no dormimos bien. Mi madre se levantó dos veces; la última la oímos abrir la despensa, preparar un café y moverse arrastrando las pantuflas. También encendió la radio, a bajo volumen, y es posible que haya oído canciones viejas, de esas donde un hombre añora una mujer. Cuando no estábamos en casa, mi madre planchaba y escuchaba canciones que hablaban de amor. Eso lo supimos por una vecina y cuando le preguntamos a mi madre porqué escuchaba esas canciones, se ruborizó como una niña a la que le encuentran una carta en la que ha escrito intimidades.

Cuando ya eran casi las tres de la mañana, la escuchamos regresar a su habitación, cerrar la puerta con cuidado y encender la luz. Luego oímos unas risas y un murmullo de palabras dichas a gran velocidad. Mi hermano Carlos, dijo: -Hay alguien con ella-. Yo me encogí de hombros, pero sentí miedo y los ojos me ardieron de manera terrible. Carlos se levantó de la cama y caminó hasta la puerta. Seguía haciendo frío y la noche estaba oscura.

Esa noche no dormimos bien. Antes de las tres de la mañana, el sueño se nos iba y venía como si estuviera montado en un columpio. Después de esa hora, con la seguridad de que mi madre conversaba con alguien y recibía esas palabras de manera divertida, no logramos dormir.Mi hermano Carlos permaneció de pie al lado de la puerta de la habitación de mi madre y yo me mantuve con la manta tapado hasta la boca, presintiendo que la puerta se abriría y saldría alguien. Imaginé una figura grande con el cabello desordenado. Pero del cuarto de mi madre no salió ninguna persona.

Cuando amaneció y ella fue a preparar el desayuno, Carlos entró en la habitación. La cama estaba hecha y la ventana cerrada (imposible saltar de ella porque vivíamos en un cuarto piso). Y no olía a nada. Afuera seguía lloviendo.

-¿Quién estaba anoche contigo-, preguntó Carlos. Era el mayor y podía hacerlo.
-Ustedes-, contestó mi madre. Tenía la cara alegre y se había peinado con el cabello hacia atrás.
-Eso lo sabemos-, dijo Carlos. Estaba inquieto y mordía el pan en grandes trozos.
-¿Entonces para qué preguntas?-. La voz de mi madre sonó como una canción. Yo quise decir algo, pero el frío de la mañana me estaba durmiendo. Entre el abrir y el cerrar de ojos escuché las risas, los murmullos. Y logré ver que la imagen que esperaba que saliera y que no salió ni pudo saltar por la ventana se hacía tan chica como una bola de cristal.











30. EL HOMBRE ENFERMO.

Se puso los guantes de lana, luego la pesada chaqueta de cuero ya curtido y quebrado en el cuello y en las mangas y finalizó el acto de vestirse colocándose el sombrero, que se caló hasta las cejas para que le calentara la cabeza y no fuera a resfriarse. Al final se miró en un espejo pequeño y aprovechó para echarle un vistazo a sus dientes amarillos y a los ojos que se veían perdidos detrás de las gafas. –Soy feo-, se dijo el hombre llamado Luciano y tosió un poco. Cada vez que tosía le dolía el pecho.

Antes de cerrar la puerta de la casa, el hombre llamado Luciano miró las escaleras, la acera, las raíces de los árboles y la calle. Y en cada espacio que vio había charcos de agua y en ellos pequeños anillos azules que se anchaban hasta desaparecer empujados por los anillos subsiguientes, o sea que seguía lloviznando y caminar por allí podría ser peligroso; bastaba un mal paso o ni eso. Entonces examinó la lluvia incierta, que caía en desorden, y decidió moverse con cuidado, pegando bien los zapatos al piso, diciéndose que también estaba en lo posible que no lloviera ya y esa agua que caía proviniera de los árboles y de los techos. Esto pasaba cuando venteaba un poco.

A lo largo del trayecto, un par de cuadras desde su casa hasta el almacén de té y mentas, el hombre llamado Luciano tosió seco y esa tos sonó como si le estuviera dando palmadas a una bolsa de papel. A su lado pasó una mujer bajo una sombrilla de colores, llevando consigo una pequeña maleta, que lo miró a la cara. Más allá dos niños saltaban sobre los charcos y se reían echándose agua encima. Se van a enfermar, pensó el hombre llamado Luciano, y de inmediato volteó la cabeza hacia atrás para mirar a la mujer. Debí saludarla, se dijo.

Cuando llegó al almacén de té y mentas, el hombre llamado Luciano empujó la puerta y entró. El aire estaba tibio y olía a pan reciente. El dependiente marcaba unos números en la caja registradora y atendía a una muchacha que llevaba unos zapatos muy mojados. Al lado del mostrador, tres hombres converzaban sobre apuestas de caballos.
-Puede quitarse la chaqueta y aprovechar que hace calor-, dijo uno de los apostadores. Era flaco y el pelo le colgaba de la cabeza en tiras anchas.
-Huele a pan recién hecho-, dijo el hombre llamado Luciano moviéndose un poco hacia adelante. Las suelas de sus zapatos expulsaron un agua espumosa.
-Debes tener fiebre-, dijo otro de los apostadores, riéndose.
-Quítate la chaqueta, hombre, que aquí hace calor-, volvió a decir el hombre flaco.

Ya de nuevo en su casa, todavía cargando el paquete con té y mentas, el hombre llamado Luciano, se acercó al lavamanos y abrió el grifo. Tomó un poco de agua en la mano enguantada y se frotó la nariz. Y luego otra vez y una tercera hasta que la piel tomó un tinte rojo. El vapor de agua le produjo un estornudo y fue como si le hubieran pegado con un martillo en las costillas. Huele a pan reciente, se dijo, y es porque tengo fiebre. En el espejo que tenía en frente se reflejaba una cara con anteojos de vidrios circulares, media cabeza cubierta por un sombrero y una boca rígida. Debe hacer calor aquí adentro pero no me quito la chaqueta, dijo en voz alta y sonrió. Antes de irse a sentar al sillón que tenía al lado de su cama, donde se quitaría los zapatos húmedos, cosa que había previsto desde que abrió la puerta, se acercó al espejo y puso una cara semejante a la de la mujer que iba debajo de la sombrilla de colores y llevaba una pequeña maleta. Después dio la vuelta, abrió el paquete de té y mentas, se llevó un confite a la boca, miró hacia su habitación y terminó diciendo: debí saludarla. El hombre llamado Luciano sudaba copiosamente y el olor a pan reciente se le hizo más fuerte. El confite chocaba contra sus dientes.








31. EL HOMBRE DE LA GUITARRA.

Tenía las manos largas y los dedos flacos y siempre, antes de salir a la ventana o irse a dormir, se ponía grasa de gallina en el pecho y luego una bufanda, hiciera calor o frío, porque los bronquios no le funcionaban bien y en ocasiones respirar le dolía mucho. Eso se dijo de él en la calle.
-Debe ser un susto que sufrió cuando estaba niño-, decían las mujeres del vecindario, -porque uno no sufre de los bronquios toda la vida. El limón con miel caliente es muy bueno para curarse, echándole un poco de ron-. Esas mujeres eran anchas de caderas y de boca. Y siempre estaban atentas a lo que hiciera el hombre de la bufanda porque lo tenían como a un reloj fino que tosía primero una vez, muy fuerte, y luego una segunda más suave y eso indicaba que se pondría de pie, abriría la ventana y lo verían con el pelo revuelto. “Se veía muy lindo así”, dijeron las mujeres. Y para verlo, madrugaban más que él y se acostaban más tarde.

El hombre se llamaba Emilio y vivía con dos hermanas que trabajaban, así que permanecía solo en casa el tiempo en que ellas no estaban, o sea casi todo el día, porque ellas salían de madrugada y volvían ya entrada la noche, lo que hizo pensar a las mujeres del vecindario que las hermanas de Emilio hacían algo más que trabajar, que seguro tenían sus hombres y no los llevaban a la casa, es decir, que estaban en pecado. Pero nunca se comprobó nada. Las hermanas salían juntas y llegaban juntas.

La hermana mayor tenía la cara larga y las piernas gruesas. La menor, sonreía todo el tiempo. Y eso que veían era lo único que sabían de ellas porque nunca saludaron a las demás mujeres ni hombres del vecindario; así que caían mal. Pero con Emilio pasaba lo contrario, que si bien nunca saludaba, cuando salía a la ventana se lo veía lindo y esto le abría el corazón a la mujeres vecinas, que de inmediato hablaban de él y de sus bronquios aplastados. Y de las canciones que interpretaba en la guitarra, porque una vez tosía lo que tenía que toser, el hombre comenzaba a tocar canciones que las mujeres del vecindario seguían con silbos o dando palmas o incluso bailando unas con otras. Suponían que la guitarra le acaloraba el pecho.
-Lástima que sufra de los bronquios, porque de noche esas canciones deben sonar mejor-.
-Cerremos los ojos e imaginemos que ya es de noche-.
-Eso es pecado, Celina-.
-Ya sé que es pecado, Rubiela-.

-Es mejor que recemos-.
-No soy capaz. Con esas canciones tan lindas…-.

El hombre de la guitarra, como lo llamaron los hombres aunque las mujeres no lo llamaban así sino “el más lindo”, pudo haberse casado con alguna mujer del vecindario. Todas, hasta las más viejas, hablaban de que sería bueno robárselo. Pero nunca habló con ninguna ni hizo ojos cuando abría le ventana y ellas lo miraban. Ni siquiera un gesto; sólo percibieron su pelo revuelto, las manos flacas de dedos largos sobre el pecho y la palidez que le producía la tos. Luego llegaban las canciones dirigidas a nadie y, cuando ya oscurecía, aparecían las dos hermanas. La mayor con una bolsa de trapo donde traía pan. La menor con dos botellas de leche.
-Deben creer que el hermano es un pájaro-, dijo una de las mujeres del vecindario.
-Es un pájaro enfermo-, contestó la que llamaban Rubiela.
-Es pecado lo que estás diciendo-.
-Más pecado es tenerlo ahí encerrado, Celina-.


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